Me estudié seis meses de reproches de memoria y le dije que sí, que era mejor que nos encontremos. Lo esperé en la esquina a una cuadra de casa, como tratando de volver a vivir ese cortito tiempo que estuvimos juntos, como tratando de entender que esta vez iba a ser distinto. Llegó un poco más temprano que de costumbre, con cara de sorpresa de que yo ya estaba ahí, con cara de pedir perdón antes de empezar a hablar, con esa cara que siempre me tienta y con la sonrisa tan perfecta como el verano cuando lo conocí. Y estaba igual. Distinto de la última vez, pero igual a lo que me imaginaba. No sé si empezó a hablar de él o si empezó hablando de nosotros. Y empezamos a caminar. Y lo escuché y me reí. Él también se reía, pero creo que lo suyo eran nervios. Y los ojos empezaron a delatarlo cuando me miró y me dijo que de ahora en más todo sería distinto. Y le creí. Porque es preferible creer en lo que me dice que aceptar lo que no se anima a mencionar. Y le pregunté hasta cuándo, y me dijo que hay tiempo. Y me acordé de lo inconquistable que es el tiempo. Y me di cuenta que es perfecto esperar. Que quizás vale la pena esperar y que no es una pena la espera. Y por si no me había escuchado le dije de nuevo que sí. Y me besó y me quedé tildada. Y pasaron tres segundos y me di cuenta. Eso es. Es eso lo que mil veces me pregunté. ¿Dónde va a parar el tiempo que uno espera sin saber si va llegar? A ese instante. A ese instante en el que te quedás tildada sin reaccionar y no te queda otra que decir: Perdoná… me colgué!
viernes, 31 de julio de 2009
... en otra!
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